Tor des Géants (VII): km 285 - km 350. De Oyace a Courmayeur. Mi ángel de la guarda estaba en Ollomont. Inesperadamente, llegó la mejor parte de mi Tor


Salgo de Oyace sin haber tenido tiempo para descansar nada, sólo comer y un cambio de camiseta. Solamente 2 horas sobre el corte; esto no me lo esperaba. Supongo que la rodilla me ha hecho perder más tiempo del que pensaba. En previsión de tener que tomarme un par de antiinflamatorios más en lo que me queda de carrera, he ido bebiendo abundantemente y comprobando que mi balance hídrico es adecuado aunque sea a ojo de buen cubero. Son las 12 de la mañana, el calor es infumable, el paredón también. Estoy muy cansada. Miro la subida, casi no hay ni un árbol. Miro al cielo, ni una puta nube. No hay que ser muy lista para vaticinar dolor. Dolor mental, emocional, espiritual… que se une al dolor físico, el de mi rodilla derecha. Fiesta. Abandono el pueblo, Marc y Tagua me van a acompañar un par de kilómetros, lo cual agradezco infinitamente, ya que emocionalmente me encuentro minada. Se puede decir, ahora sí,  que soy un despojo emocional. Tengo ganas de llorar, por dentro estoy hecha una mierda aunque creo que no llego a llorar. Me enfada mucho ver el corte tan cerca de mí; para esto no estaba preparada. Pero pienso, “para esto también te habías currado un colchón de tiempo la primera parte de la carrera, para lo que pudiera pasar”. Trato de no enfadarme, de no fustigarme, lo que me faltaba. Soy debutante en la distancia. Me felicito por lo logrado hasta ahora y pienso “vamos a por ello, será duro pero es el último empujón”. El último empujón de 65 km y 4.500+. Una “ultrita”. La leche. Mañana meta. Castigo en una esquina recóndita de mi mente a mi “yo castigador”. Siempre he sido autoexigente, para bien y para mal. 


Tras 2 kilómetros le digo a Marc que se vaya, no es necesario sufrir por gusto a estas horas y con este calor. Tagua va apurada, no es necesario tampoco. Así que me quedo sola, adelanto a algunas personas y veo el tren al que voy a unirme: son dos veteranos “tractorets” y pienso “a rueda de estos me voy”. Llevan un ritmo seguro y me voy pegada a ellos, aunque no cruzamos palabra. Paro en el avituallamiento de Bruson y bebo un vaso de Pepsi, recargo agua a saco, en la subida de poco más de 3 km y 1000+ me he jalado el litro de agua e isotónico que llevaba y voy muy seca. Estoy un minuto de reloj en el avituallamiento, voy tensa como una cometa, mi Tor está en juego, cosa que nunca imaginé.


Tras unas zetas guapas y 400+ más llego al Col Brison e inicio una trotable bajada en la que por supuesto yo no puedo trotar…puta rodilla…aunque en ese momento corrijo y procuro hablarle bien: bendita rodilla que me ha traído hasta aquí. Recuerdo a Ariel, el pedazo de fisio que me llevó la rehabilitación y readaptación de la otra rodilla cuando hace ya 6 años me rompí el ligamento cruzado anterior. Siempre me decía que no hablara de “la rodilla mala” y que era importante la forma en la que le hablaba a mi rodilla de cara a la recuperación. Tenía razón, aunque yo lo entendí un tiempo más tarde. Más allá de misticismos, todo esta conectado, las vías neuronales, el pensamiento bruto que viaja por ellas, la emocionalidad. Somos neurosensoriales. Somos neuroemocionales. Somos un puto caos de cosas con un  resultado jodidamente maravilloso. Entretenida en estos desvaríos, o en estos naufragios, vete a saber qué son, pero entretenida, logro llegar a Ollomont, ahora sí, la última base de vida del Tor des Géants. Suena fuerte. 


Ollomont es un poco caos. No me lo esperaba pero hay un montón de gente. Procuro comer aunque no tengo hambre. Necesito una ducha. Necesitaría un masaje, curarme las ampollas y que me mimaran algo la rodilla pero decido que no, que paso de hacer cola y que prefiero dormir 1 hora, que me haré una cura exprés de las ampollas, básicamente cubrirlas con Leucotape. Me voy a la ducha soñando con agua hirviendo y cuando me meto descubro que el agua parece sacada del río que baja directamente del Cervino, está congelada. Entre gritos me doy una ducha super rápida, que me sienta bien. Recuerdo hablar con dos argentinas muy simpáticas y compartir con ellas el dolor de esta ducha. 


Y aquí el azar me tenía preparada una sorpresa: estaba a punto de vivir posiblemente el momento más inolvidable del Tor, en el lugar y el instante menos pensados. La vida a veces no se puede planear. Salgo de la ducha y justo al salir me choco casi literalmente con el coordinador de los fisios. Lo había conocido en Donnas y me había caído muy bien. Ya me había dicho “nos volveremos a ver”. Me saluda muy contento, flipo porque me reconoce al instante y me pregunta qué tal voy. Le digo que muy cansada y que me duele la rodilla pero que “bueno,bien” (jajaja, “bien” digo…). Me pregunta que si voy a pasar por la zona de fisio y le digo que no puedo perder mucho tiempo.  Y en vez de decirme adiós, tú misma,  me agarra fuerte del brazo y me dice “ven”. Me lleva a la zona de fisio casi obligada, me sube a una camilla y me pregunta si quiero un masaje de descarga, si quiero que me mire la rodilla (en estos momentos mientras escribo se me llenan los ojos de lágrimas recordando cada detalle nítidamente, casi como si volviera a estar allí). Le digo, “¿pero ahora? ¿puedes?”. Me dice “yo puedo lo que quiera” y empieza el masaje, me toquetea la rodilla, me coloca vendaje “tape” (en el que no creo mucho pero que en estos momentos me parece maravilloso, estoy agradecida y en sus manos 100 %). Me dice: “¿cómo estás? Aparte de la rodilla”. Estoy flipando. Este tío lo vive. Este tío no está haciendo su trabajo, lo vive, está aquí haciendo mucho más de lo que le toca, en este momento está cuidando de mi rodilla, de todos mis músculos y de mis emociones. Empiezo a llorar a borbotones, de manera imparable..supongo que una mezcla del cansancio y las emociones contenidas. Me dice “¿qué te pasa?”. Recuerdo al milímetro la conversación. Le digo “estoy muy cansada”. Me dice “pero vas a acabar, y yo voy a ayudarte en lo que pueda. Tú vas a acabar. Llevo 15 años haciendo esto. Ya lo tienes”. Lloro sin parar, me estoy dejando el alma entera en esa camilla, no sabía que había tantas lágrimas dentro de mí. No sé en qué momento pero una voluntaria se ha puesto a curarme los pies y otra, al verme llorar, ha venido a abrazarme. Me dice “yo te vi en Valtournenche, ibas muy bien, sigues yendo muy bien, estás muy cansada, es normal, pero vas a acabar”. Me levanto de allí como buenamente puedo, como algo más y me preparo para irme. No sé ni cómo transmitirles lo agradecida que estoy. Es inmesurable. Sí, estoy en un momento crítico, pero he renovado las energías, sobre todo a nivel emocional. Empieza a hacerse de noche y logro salir de Ollomont … sin dormir nada aunque con 4 horas sobre el corte. Doble o nada, vamos con todo.  Me animo. En este momento recuerdo que fue la primera vez que pensé “lo tengo, el Tor es mío”. Solo me falta un corte que pasar, el de Bosses, y tengo tiempo de sobra. 



Inicio la subida hacia el Col de Champillon. Le mando una foto a un amigo, que me dice que soy “todo cabeza”, que tengo pinta de desnutrida y que coma bien cuando llegue a meta. Buena idea, sin duda. Comer. Meta. Pienso en una carbonara y en esa cremita de chocolate fría con tégole (unas galletas típicas aostanas). Suena bien, aunque aún lejano. La foto que le envío está borrosa pero es altamente representativa de mi estado en ese momento. Doy hasta miedo: 









Curiosamente, me empiezo a animar a medida que subo, me siento fuerte de nuevo. ¿De dónde sale esta fuerza? Te lo juro: ni puta idea. Pero ahí está. Hola Elsa, encantada de conocerte, me digo a mí misma, eres una tía muy guay e increíblemente fuerte. No es egolatría, lo juro, es la autovaloración que sentía merecer y sobre todo la que necesitaba en ese momento.  No imaginaba hasta qué punto podía aún llegar a conocerme tras haber pasado ya 39 años conmigo misma. Los 6 km con 1.300+ se me pasan muy rápido, el tiempo empieza a volar. Mi reloj marca ya demasiadas horas. Aquí coincido con un estadounidense y un irlandés, hablo sobre todo con el irlandés, me cae bien y, sobre todo, lo entiendo mejor. A mitad de la subida paso por el refugio de Champillon, en el que parece que el tiempo está suspendido. La vida se mueve a un ritmo diferente para le gente que está pasando la noche en el refugio, hay un rollito “manouche” muy guapo, que me encanta y me anima, lo celebro, aunque en estos momentos me siento muy ajena a él. Realmente me siento muy ajena a todo. Siento que viajo por un sendero espacio-temporal que es mío solo, me siento más dueña de mí misma que nunca, me siento segura, poderosa, ilusionada, emocionada. Me apalanco en este rincón del refugio: 






Me dan a elegir entre varias comidas, todas en esos calderos. Elijo sopa de verduras y un poco de polenta. Hay mucha gente durmiendo aquí, por todas partes. Me voy, continuo mi subida escuchando esa música gypsy difuminarse más y más a cada metro. Otro refugio que dejo atrás, otro lugar donde me podía haber quedado feliz un par de días a contemplar el mundo y la vida, con un libro y mucho té, tal como pasaba todas las tardes de refu en mis varias andanzas en solitario por Nepal. Grandes recuerdos que me visitan y me entretienen. Y así, la subida hasta el Col de Champillon se me pasa rápido y cuando llego me encuentro una sorpresa. Han marcado la última parte con cientos de banderolas y con luces que brillan en la oscuridad. Parece un empujón de ánimo final, una celebración, una fiesta. Me emociono, lloro, a partir de Ollomont tengo abiertas de par en par las compuertas del alma y ya soy todo emoción. Supongo que el agotamiento y la deprivación de sueño están haciendo estragos y ya me flipo por todo. Supongo que ha llegado mi premio.  Me siento bien, me siento en mi mejor momento y me da igual por lo que sea, tengo derecho a ello, me lo he ganado y lo celebro. Champillon es otro sitio que nunca olvidaré. 




.                



Inicio la bajada, la rodilla me duele poco. ¿Las emociones pueden modificar la percepción del dolor? Empíricamente, aunque con una “n” baja, diría que sí. Los que saben de esto dicen que sí. Puedo trotar, voy muy ligera, pasando gente, aunque decido no fliparme ya que el sendero es estrechito y en algunos tramos, expuesto. Pese al momento de euforia, logro ver claro que no es cuestión de jugársela. Llego al avituallamiento de Ponteille, donde veo a Marianne, la belga de la cocacola, me alegra mucho verla. Me dice que va a quedarse a dormir allí, que tiene mucho sueño. Le digo a la voluntaria que me ponga polenta dentro del caldo y me mira como si hubiera dicho una aberración. Me hace mucha gracia porque se niega y me da las dos cosas por separado. Le hago caso y me las como por separado; al fin y al cabo ella es del lugar.  Sigo. Hace frío, mucho, viene un tramo de pista de unos 10 km casi todo de bajada. Decido echar leña al fuego, me pongo Robe en bucle y empiezo a trotar a buen ritmo, por la puta cara ahora la rodilla sí me deja. Debe de ser porque le he dicho cosas bonitas. Voy sola todo el tiempo, está todo bastante oscuro y tengo muchas alucinaciones, aunque ninguna es desagradable. Y así, llego a Bosses, último punto de corte, con unas 8 horas sobre el corte si no recuerdo mal. Lo que viene siendo una remontada digna.  Hay buen ambiente y aplauden mucho. “Brava, brava”. Me encuentro a Josep, un catalán con el que ya había coincidido un par de veces. Me dice que va “fotut” y que va a dormir. La verdad es que yo también estoy hecha una gran mierda, el cansancio en este momento es extremo, la “apretada” me ha dejado reventada aunque no me había dado cuenta, supongo que por la euforia que me ha acompañado desde que salí de Ollomont. “Puta loca”, pienso. “Pero aquí estás”. “Duérmete un rato, se acabaron los cortes”



Duermo una hora cronometrada, me levanto con el cuerpo tieso, me cuesta infinito arrancar, me pregunto por qué, por qué estoy aquí, por qué hago esto, por qué… pero tengo claro que en ese momento a las 3 de la madrugada en el Valle de Aosta no obtendré la respuesta a esta pregunta. Así que me pongo toda la ropa que tengo y salgo una vez más a por otra fría subida nocturna, esta vez hasta casi 3.000 metros de altitud. No me creo las palabras que estoy a punto de decir en voz alta “última subida y a meta”. Sí, voy a por el anhelado Col de Malatrà. Me despido de Marc con un “nos vemos en Courmayeur”. Pero aún no me lo creo. No puede ser.  ¿En serio esto está pasando? ¿Voy a acabar el Tor? El tiempo sigue pasando muy rápido, tal vez porque sé que es la última noche, que el Tor se acaba y yo quiero exprimir cada momento, atrapar cada emoción. Siento que estoy viviendo un momento irrepetible. Duro, muy duro, pero irrepetible. Y llego al refugio Bonatti. La subida hasta allí me regala este amanecer: 







¿Cómo puedo ser tan afortunada? ¿Cómo el conjunto de decisiones que he ido tomando en mi vida me han llevado hasta aquí? ¿Cómo sería yo si no viviera estos momentos? La vida me regala el mejor amanecer en mi último día de esta aventura. Yo me lo he regalado. Me paro, lo disfruto, no tengo palabras, solo puedo llorar. Entro al Bonatti, donde me tomo 2 o 3 cafés, batallando intensamente contra el sueño. También me tomo un antiinflamatorio, la rodilla me vuelve a doler bastante. Agradezco a mi estómago su aguante y prometo empezar a cuidarlo en unas pocas horas. Disfruto del ambiente del refu y pienso en Walter Bonatti. Me encuentro en tierra de grandes montañeros y eso me hace vibrar. Hay mucha gente durmiendo sentada en las mesas. Pero yo sigo, quiero llegar ya. Aunque experimento una ambivalencia, a la vez que quiero llegar no quiero que este “viaggio” acabe. Me empieza a dar pena. Cómo somos los humanos, lo queremos todo. Me pongo los zapatos. Llega un francés en el momento en que yo salgo. En algún punto de este viaje me suena que habíamos coincidido. No sé por qué pero lo miro y le digo “ya lo tenemos”. Me dice “enhorabuena”, le digo lo mismo y nos damos la mano. 


Inicio la última parte de la subida, posiblemente la más estética del recorrido, preciosa, increíble. Lloro sin parar y en este momento veo claro por qué: no quiero que se acabe. Dicen que cuando llegas al Col de Malatrà, el Tor es tuyo. Las vistas hacia cualquiera de sus dos vertientes quitan el aliento, así que imagina lo que puedes sentir tras 330 km y más de 26.000 metros de desnivel positivo.  Aquí, la subida al Malatrà desde la vertiente del Bonatti y al lado, mi careto impagable en ese momento. No lo parece en absoluto, pero estaba siendo muy feliz: 



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Aparezco como un fantasma en el collado, donde hay un fotógrafo que captura este momento único. Mi cara lo dice todo, no pienso explicar nada. Lanzo un grito de victoria. Esta foto me la sacan antes de iniciar la bajada hacia Courmayeur, la última. De fondo, el Mont Blanc con la gorrita puesta. 









Me siento la persona más afortunada y feliz del mundo...








Al iniciar la bajada me empieza un dolor en el cuádriceps izquierdo que en cuestión de minutos se hace insoportable y termina siendo una contractura. Estoy en un tramo muy corrible en el que nuevamente (y para sorpresa de nadie ) no puedo trotar. Apenas puedo caminar y el dolor es ahora a dos bandas. Esto del cuádriceps sí que es nuevo, no me había pasado nunca, no lo identifico claramente con nada. Me enfado, lloro, maldigo. Sé que tengo horas por delante para hacer los 15 km que quedan aún a meta, pero me frustra tener que ir tan lenta y con tanto dolor. Tomo sales, un Nolotil, mucha agua, estiro, camino al revés, hasta me golpeo la pierna…y no se me pasa. Este dolor me impide disfrutar como querría de mis últimas horas del Tor. Voy coja. ¿Qué coño es esto? Llego a pensar “aún después de todo tendré que retirarme a falta de 10 km si esto va a peor”. Me invaden la frustración, la rabia y el miedo. Pero sigo avanzando. Paso el Frasatti y el Bertone, en este último apenas paro, ya no como nada, sólo bebo, necesito llegar. Los últimos 4 km de la bajada están llenos de gente que anima y eso ayuda mucho. No me quedaban sales y a todo el que me cruzaba le pedía a la desesperada sales o un “no cramp”, a ver si podía avanzar algo más ligera. Cuando llego al asfalto, a falta de 2 km a meta, me cruzo con 4 chicos del Tor des Glaciers. Tienen sales, me tomo una efervescente y una cápsula, ya me da igual todo, me dicen “¿cuál quieres” y yo “las dos”, se ríen y yo pienso “una hipernatremia ahora no creo que vaya a hacer”,... puta mente médica, la mando a callar. Ya lo tengo. A los pocos minutos puedo trotar un poco, voy casi con ellos, aunque ellos vienen de hacer 100 km más que yo. En este punto entiendo que tengo mucho que aprender. 


Sin darme cuenta, de repente estoy atravesando las calles del centro de Courmayeur,  donde todo me resulta muy civilizado y de hecho lo es. Vengo del asalvajamiento supremo. Estoy en otro estado de consciencia. Hay mucha gente, muchos gritos, música. Surrealista. Estoy de vuelta, 144 horas después. Quiero congelar el tiempo en el momento en el que veo aparecer el arco de meta. Alguien grita “venga Elsa” y me da que es Guillermo, el otro canario que hay este año en el Tor, un canario afincado fuera de Canarias, igual que yo. Parece que el 100% de los canarios participantes en esta edición somos finishers…y poco se habla!!  Viva Canarias, ya que estamos. Y visca Catalunya, la tierra que habito desde hace años y la que al fin y al cabo más me ha visto crecer como ultrera. Soy una corredora canaria pero també soc una corredora catalana. Que vols que et digui… és complicat!! Yo y mi corazón dividido... Y así, también dividida entre querer acabar el Tor y  no querer que se acabe el Tor, llego inmensamente feliz a la meta…y el Tor obviamente se acaba porque el paso del tiempo, como todos sabemos,  es inexorable. 









Paro el crono a las 12:10 de un 20 de septiembre de 2025. Justo 144 horas después de mi partida de Courmayeur. Ya está. Tantas horas vividas y luchadas y en un segundo, zas, todo se acaba. Lo dicho: surrealista. Soy finisher pero aún no lo he digerido, tardaré unos días. Mientras tanto cojo mi medalla, dejo mi firma de finisher, me saco una foto con la mayor cara de demacrada y a la vez de felicidad de mi vida y, acto seguido, voy a por mi helado de rigor, el “helado finisher” que nunca falta y que me tomo en verdadero estado de shock. 
















Ya está. Se acabó. Lo tienes. Podías. Estabas preparada. 


No te sobreestimaste. Era tu momento. 


Créetelo, eres una gigante... y lo eres para siempre.        












 












Comentarios

  1. Que grande, como lo explicas y como lo has vivido!! Chapeaux!! - "aunque ellos vienen de hacer 100 km más que yo. En este punto entiendo que tengo mucho que aprender". Estas palabras se tendrán que analizar. ;) Ya vuelvo a ver sufrigozamiento :)

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  2. Qué placer leer tus aventuras y volver a sumergirnos en el Tor. Este Tor no nos deja en paz :-) y lo prolongamos leyéndote. Estoy deseando leer el relato de tu post-Tor... y tu crónica del Tor 2026 ;-)

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