Tor des Géants (III): Km 0 - km 80. De Courmayeur a Eaux Rosses. Estamos calentando.



La hora de salida es rarísima, las 12 de la mañana. Pero pienso que tratándose de la distancia que es la hora de salida da un poco igual, vas a comer igualmente de todo, frío, calor, día, noche, sueño, más sueño… no hay nada que intentar evitar con horarios concretos… así que la verdad, me da un poco igual. El día amanece medio nublado en Courmayeur y ha llovido por la noche, el suelo está mojado. Desayuno un café, un poco de kefir, una tostada con queso gorgonzola (uno que llaman “de cuchara”, buenísimo, será porque se puede comera cucharadas de lo bueno que está) y otra tostada con Nocciolata. Desayuno mega rándom, simplemente lo que me apeteció. 

En cuanto a comida, dados los ritmos que voy a llevar aquí, tengo pensado que el 95% sea comida, o como se llama ahora, “comida real”. Me da la risa. Lo que viene siendo comida.


Estoy sorprendentemente tranquila. Me doy una ducha (me había duchado a la noche pero me encanta empezar las ultras recién duchada), me visto y voy para la salida. Hay un ambiente relativamente tranquilo. Me entretengo mirando un poco el material que lleva la gente, cosa que daría para un capítulo completo. Me pregunto si alguien más va con Brooks Caldera pero de momento no veo a nadie. Claro dominio de Kailas (Ex330 por doquier), unas cuantas Mafate y me sorprendo también de ver clasicómanos tirando de La Sportiva, incluso de Ultra Raptor, que ya poco se ven en trail. Pero puestos a llevar unas a algún sitio, el Tor no es mal sitio. Y claro, estamos en Italia; La Sportiva tiene que haber sí o sí. También veo un buen puñado de Prodigio y alguna Akasha despistada (he sido durante mucho tiempo muy fan y siempre tengo una de fondo de armario). Dejamos de lado el momento friki de material y seguimos con la chicha buena.


Nos miramos todos de reojo y las miradas son de “dónde estamos a punto de meternos…”

Dan la salida en un plis, al inicio voy al trote como siempre más o menos por la mitad del pelotón, zona de garantías donde me siento siempre tranquila. Empezamos la primera subida Col d’Arp con sus 8 km 1400+, aquí no hay miramientos, rocanrrol desde el minuto cero. Para que disimular, esto es un puto festival y poco a poco me iré dando cuenta de que aquí no existen ni las subidas ni las bajadas “normales”. Todo es a lo grande. Pero tengo suerte, son las subidas de este tipo las que más me gustan. Llevo detrás durante casi toda la subida a dos chicas de USA que hablan como papagayos y gritando (esto es muy de USA) y que me perturban bastante la paz, pero no quiero aflojar el ritmo ni ellas forzarlo, así que estoy condenada a ir con ellas. Me noto iusionada y fuerte, más me vale, si fuera de otra manera pintaría mal la cosa. 







Coronamos y hacemos la primera bajada, primero por prado cómodo hasta el avituallamiento (Baite Youlaz km 14) y luego por pista hasta La Thuile (km 20), primer contacto con la civilización a las 3 horas y media de carrera. Ahora desapareceré por las alturas y no tendré asistencia hasta la primera base de vida dentro de 30 km. Hacemos primero la subida de Passo Alto, preciosa, donde me pilla la lluvia, que va a durar unas 5- 6 horas más, una lluvia ligera pero que te obliga a protegerte ya que aparte de estar a mucha altitud, con una sensación térmica de bastante frío, esto es largo y hay que cuidarse mucho en previsión de todo lo que queda. Así que membrana de arriba y de abajo, guantes impermeables y a seguir. A mitad de la subida de Passo Alto escucho de nuevo a una de las papagayas, que ahora le va contando la vida a un australiano. Intento escucharlos con interés a ver si así cambio la perspectiva y quito el modo hater…pero la realidad es que no les entiendo nada, así que para mí solo son ruido. En fin, paciencia. 


Bajamos hasta el avituallamiento del Bivacco Zapelli, donde ya preparo el frontal. Me obligo a empezar a comer como toca, ya llevo unas 8 horas en carrera y hay que cuidarse. Beber voy bebiendo un montón. Empezamos la subida del Colle de la Crosatie, que es toda tipo zetas interminables y desde lejos se ve toda la hilera de frontales que aún baja desde Passo Alto, imagen espectacular de las que tengo grabadas a fuego. Voy con una grupeta de chinos la subida entera pero hablamos poco. Cuando llego a la parte expuesta de la subida de la Crosatie empieza un viento huracanado, de este que parece (y casi sin el “parece”) que te va a tirar y que a mí logra desequilibrarme un par de veces. Maldita la gracia que me hace, ya que es una zona expuesta, de sendero estrecho y en algunos tramos incluso equipada con cuerdas. No habla nadie, todo el mundo va concentrado en llegar arriba lo antes posible para empezar a bajar y huir de ese viento infernal. Pongo un poco  el modo “killer” y adelanto como a 10 personas de la prisa que tengo en salir de ese tramo. Me siento ágil y concentrada.






 Al inicio de la bajada han dejado allí un cubículo de estos que suben en helicóptero, donde hay caldo (que ya está casi frío), agua y cocacola. Me tomo un vaso de cocacola y empiezo la bajada eterna hasta Planaval, un pueblo que está a solo 7 km de la base de vida. Ya llevo una maratón, pero aquí esto viene siendo básicamente nada. Hay que relativizar, para lo bueno y para lo malo. Aquí voy a contar algo muy pijo: una semana antes del Tor me compré una batidora que se carga por USB. Pues decidí ir tomando recuperadores naturales, aprovechando que tenía el lujo de tener asistencia con relativa frecuencia (Marc, te estaré agradecida durante toda mi vida y si tuviera alguna otra vida, en la siguiente también). Así que aquí cayó mi primer batido de leche, fresas, plátano, avena y proteína whey. Eso y un bocadillito de queso y mortadela del avituallamiento. Así que a la base de vida voy a llegar como una puta reina (lo normal de las bases de vida es llegar como un despojo). 







Hago la subida hasta la base de vida de Valgrisenche (Km 50) por una pista cómoda, eso sí, una zona muy húmeda donde recuerdo mucho frío. Son las 11 de la noche. En la base de vida me cambio de camiseta y me pongo las mallas largas para afrontar una noche gélida por las alturas. Tomo caldo y pico algunas de las delicias que tienen por allí: caldo, pasta, bresaola, mortadela, uno de los mejores quesos que he probado en mi vida. Unas naranjas que son rojas super dulces… Un té con galletas de chocolate. Lo que viene siendo recrearse. 


Y salgo a por el colle de la Fenetre, 7 km con 1200+. Es una subida que recuerdo cómoda y apacible, aunque parecía que no se acababa nunca. Casi desde el principio me junto con Fabrizio, que inicialmente me invita a adelantarlo a lo cual le digo que ni de coña. Tengo el modo ahorro de momento puesto a tope. Así que vamos de charla tranquila casi todo el tiempo. Paramos en un avituallamiento donde me tomo un café con galletas y cuando vio que me iba me dijo que lo esperara, que iba a hacer pis y a ponerse los guantes pero que a ver si hacíamos el resto de la subida juntos. Me dio pereza pero lo esperé algo más de 5 minutos pese a que hacía mucho frío…al fin y al cabo es el km 54 y el modo borde aun no puedo permitirme ponerlo. Ya habrá tiempo para eso si es necesario, todo llega. “Be kind”, que dicen. Celebramos juntos coronar la Fenetre, un paso muy guapo, pero ya en la bajada yo pillo un puntito más y me despido de él. Es una bajada de las más técnicas de la carrera, putada que me pilló con noche cerrada, bajada de zetas, de sendero estrecho, con cierta exposición y una pendiente bastante más que digna, de estas que tienes que ir frenando de cuádriceps y en las que es fácil si trotas un poco pasarte de largo. Al acabar las zetas se hace un tramo por pared que está equipado con cuerdas y tiene también unas cuantas clavijas y repisas metálicas. La gente pasa ese tramo muy concentrada, de uno en uno, y este es el primer momento en el que soy consciente de donde estoy a través del comportamiento que veo en la gente. Parece que damos por hecho cómo hay que usar las cuerdas fijas, cómo hay que respetar el ritmo de los otros y demás…pero no…en otras carreras me imagino el panorama: gente con prisas invadiendo el espacio del otro, agarrando el tramo de cuerda siguiente antes de que el de delante lo suelte, incluso intentando adelantar. Es que lo veo. Pero esto es el Tor, y aquí la gente se la sabe y no ves a nadie haciendo gilipolleces, lo cual se agradece mucho, y más a estas horas y en un lugar tan inaccesible. 


Hacemos un tramo de bajada también eterno en el que un chino va adelantando como si fuera un 10k y de hecho al pasarme a mí se tropieza y vuela pegándose una pedazo de leche que aún no sé ni como pudo levantarse. Tras mucho rato bajando escucho a un italiano gritar “Ma que cosa és Rhemes Notre Dame????” jajaja, visto que RND no llegaba nunca... cosa que sin duda pensábamos ya todos. Pero como todo en esta vida, se acaba (menos la estupidez humana que es eterna), Rhemes llegó, km 63 con 5300+ ya hechos. Aquí ya se empieza a ver algún cadáver.  Hago mi primera cura intensiva de pies ya que voy con 4 mini-ampollitas desde el km 30 (ellas no podían faltar a una cita de este calibre, aunque sin duda no las esperaba tan pronto). Vuelvo a comer bastante. Ya me noto cansada, me duele en el alma reconocerlo pero es así. 


Salgo a por la siguiente subida, que según dicen se las trae, el colle de Entrelor. La primera parte es de bosque, pesadita y sin vistas, así que saqué unas golosinas que había cogido para engañar al cerebro un rato y puse un modo diesel lento pero seguro con el que no me pasó ni dios. Para consuelo de tontos, mal de muchos…y ya parece ser que íbamos todos cansadillos. No nos queda nada!!  A los 3 km o así aparece un patio que me deja loca, voy subiendo con unas vistas espectaculares, entre ellas el Gran Paradiso. Mando un audio a la grupeta de Canfranc, que están al pie del cañón siguiendo todos mis pasos. Y así, establecí sin darme cuenta la costumbre de mandarles un audio con cada amanecer. Con mucho esfuerzo logro coronar el Entrelor, subida de 5 km 1200+ que me pareció más larga. El panorama desde lo alto del Entrelor te deja sin palabras. Aquí fue el primer punto donde francamente me emocioné y fui consciente de la magnitud de lo que estaba haciendo y de la belleza del Valle de Aosta.






 Inicio una bajada cómoda y bonita que me hace recuperar energía, aunque los últimos 5 km de bajada me reventaron, zetas eternas por bosque con calor y humedad. Llegué al avituallamiento de Eaux Rosses en el km 80, ya con 7000+ hechos, 7 horas sobre el corte y una pseudopájara interesante. Me siento en un banco a la fresca, meto la cabeza entre las piernas, luego me tumbo en un césped a la sombra…estoy mareada, pero en cuanto voy bajando temperatura y revoluciones se me pasa. Coloco una toalla e intento dormir un rato, pero mi mente está muy activa y no puedo. Ya llevo 24 horas en carrera, dentro de unas 8 horas ya vendrán las primeras alucinaciones e intento dormir para ver si puedo retrasarlas. Pero mi mente dice que no. Igualmente me paso una hora tumbada a la sombra, como queso, leche con galletas y me tomo otro batido mágico. Todo el mundo está de chill, allí tirado en el césped, como de picnic…es un oasis en medio de la lucha. En el avituallamiento hay ambientazo y dan ganas de quedarse a echar el día y ver como otros sufren. Aquí se retira ya bastante gente. No me sorprende porque lo que viene ahora es el Col de Loson, el hueso duro de la carrera, que además cuando lo acabas estás en medio de la nada durante aún mucho rato, por lo que si no lo estás viendo claro, parece bastante lógico retirarte aquí. A mí la palabra retirada no se me pasa ni por la imaginación más lejana. Antes de venir aquí ya dije que solo me retiraría si me rompía una pierna, que el resto de cosas probablemente se podrían o bien resolver o bien soportar. Así que, cansada pero ilusionada y con ganas de enseñarle los dientes al famoso Col de Loson, salgo de Eaux Rosses. La perspectiva que me mantiene con vida es poder dormir algo en el km 104, en la segunda base de vida, aunque para llegar aun quedan unas cuantas horas. Antes de irme escucho a una chica decir “hace un par de semanas subí al Col de Loson y fueron unas 5 horas de subida…”. 


Lo dicho, si algo aprendes en el Tor…es a relativizar hasta un extremo nunca antes imaginado. ¿Podré extrapolarlo a la vida real, a los problemas cotidianos o incluso a las dudas existenciales?










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